martes, 10 de julio de 2012
Llegaron las musas
Llegaron las musas y debo dejarlas pasar, no vaya a ser que se enfaden y no vuelvan más.
Las miro receloso antes de encenderme un cigarro, mientras mi móvil escupe música aleatoriamente, el café se enfría y ese libro descansa en el sofá.
Mis tres musas -como no, tres, siempre tres- esperan que comience a escribir, nunca les he negado la entrada y mucho menos les he impedido que dominen mi cuerpo a su voluntad, pero esta vez era diferente, debía detenerlas.
Mientras el humo mata lentamente mis pulmones, ahí siguen las tres a ritmo de balada lenta, mirándome, esperando dominarme. Como veo que no saben lo que pasa y después de una gran calada comienzo a hablarles sin decir palabra, sé que me entienden, como yo a ellas...
Les digo que esto no puede seguir así, que me doy por vencido, que me rindo. Ya está todo escrito, no hay nada que pueda decir yo que no hayan dicho otros antes, otros mejores que yo, que sabían mucho más. No hay historia de amor que no esté escrita en algún poema de Neruda o Lorca, cantada por cualquier canta autor, narrada por Cervantes o Galdós o teatralizada por Rojas o Valle.
Debía dejar de intentar de explicar vidas, de narrarlas. La vida se va repitiendo a lo largo de la historia, sólo cambian las personas, por mucho que intente dibujar en mi mente cualquier hecho más o menos significante, no es nuevo, no hay nada nuevo. En algún libro, canción o cuaderno de relatos mental de alguien desconocido, podré encontrarme a mi, viviendo lo mismo, sintiendo eso que yo siento, ya está todo escrito. Mi vida no es más que la repetición de la vida de muchos otros.
Y cuando pensaba que no iba a parar de explicarles este hastío, me di cuenta de que ya no estaban conmigo, se habían esfumado. Las habré matado, pensé, pero el hastío me hizo recordar que no tenía la fuerza de matar a las musas.
Pasaron los minutos mientras la música no paraba de sonar y estaba solo ante la soledad, ante el hastío, hasta que me percaté que alguien volvía a sentarse a mi lado. No me dijo nada, sólo entro en mi, como siempre había hecho y me hizo entender que tenía razón, todo está escrito, cada persona vive la misma vida, la vida se va repitiendo una y otra vez, pero no todo el mundo vive la mismo.
El hastío iba desapareciendo por cada palabra que aparecía en mi mente, comencé a entender que lo que antes me preocupaba ahora era la razón para seguir. No hay nada que no haya escrito o vivido alguien antes, pero en el mundo no ha habido nadie igual y ahí está la diferencia. Puedes verte reflejado en algún poema de Lorca, pero no tiene por que acabar igual, tú eres el único que decide el final, no hace falta morir como Romeo para encontrar a Julieta.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)